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Europa levanta barricadas. ¿Es esta la solución?

Por Peter Pappert
Aachener Zeitung, 10 de mayo de 2018

Aquisgrán. Los ciudadanos europeos parecen haberse vuelto algo indiferentes y, en la mayoría, cala la impresión de que la situación de los refugiados se ha tranquilizado en torno al mar Mediterráneo. Los responsables políticos no quieren perturbar esta calma, ya que les permite tomarse un cierto descanso que nadie sabe cuánto durará.

Dentro de los gobiernos nacionales y las instituciones de la UE, los que conocen mínimamente el fenómeno de los refugiados saben que se trata de una calma ficticia, engañosa. De hecho, los refugiados siguen muriendo a diario en su peligroso camino a Europa, y los numerosos campos situados en torno al Mediterráneo se encuentran a menudo en condiciones catastróficas. La presión persiste.

Martin Bröckelmann-Simon, Director Gerente de la organización católica de cooperación al desarrollo Misereor, con sede en Aquisgrán, estuvo a principios de año en Marruecos y en la zona fronteriza cerca del enclave español de Melilla. Allí quedan encallados refugiados de Oriente Próximo e inmigrantes de países de África Occidental. Van camino de Europa, donde esperan poder llevar una vida digna y segura. Peter Pappert tuvo la oportunidad de conversar con Bröckelmann-Simon sobre esta cuestión y sobre los correspondientes desafíos a los que tendrán que hacer frente los europeos y alemanes.


© LATIN PARISH ST. FRANCIS ALEPPO

Martin Bröckelmann-Simon (60) trabaja para Misereor desde 1985 y, como miembro de la Dirección desde 1999, es responsable de las actividades de cooperación internacional de la organización católica.


¿Cómo surge el sueño de Europa en las mentes de aquellas personas que viven en campamentos al norte de Marruecos y arriesgan todo por llegar a esta "tierra prometida"?

Bröckelmann-Simon: Es uno de los efectos de la globalización. El acceso a Internet está cada vez más extendido en África, por lo que mucha gente puede ver que aquí en Europa nos va mucho mejor. Por otro lado, familiares y amigos que ya viven en Europa proporcionan información y envían fotos. En las conversaciones que he mantenido con gente joven, me comentan que quieren encontrarse con amigos en Francia, Escandinavia o Rusia.

¿Qué idea tienen estas personas de la vida que les espera en Europa?

Bröckelmann-Simon: Trabajar y ganar dinero, haciendo lo que sea. Me quedé profundamente impresionado por la determinación inquebrantable de estas personas y su disposición a aceptar el sufrimiento y la miseria para alcanzar su meta en el futuro. El viaje a través del Sahara es muy peligroso, y las condiciones de vida son miserables, insoportables. Malviven en tiendas provisionales, llueve y hace frío. Las condiciones higiénicas son lamentables y los inmigrantes reciben palizas o son deportados. Los que consiguen traspasar la valla de varios metros que rodea el enclave español se exponen a ser devueltos a Marruecos de forma violenta
por las autoridades españolas. En realidad, esto supone una violación de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, pero aun así, sucede una y otra vez.

¿Es realista la esperanza de entrar en Europa desde allí?

Bröckelmann-Simon: Muchas personas lo consiguen. Esto es lo que mantiene viva la esperanza, no las noticias de aquellos que mueren en el intento.

¿Son conscientes estas personas del estatus inseguro y la falta de garantías que tendrán en Europa si consiguen llegar?

Bröckelmann-Simon: No, no creo. Allí en los campamentos he estado hablando con gente y, entre otras cosas, les he explicado cómo ha cambiado la cultura de acogida en Europa. Esto lo escuchan pero no llegan a interiorizarlo. Su esperanza de un destino mejor es mucho más fuerte. Todos saben de los casos de muerte. Desde enero se han recuperado 28 cadáveres de las aguas cerca de Melilla, más que todo el año pasado.

¿Cuántos refugiados e inmigrantes se encuentran en el norte de Marruecos?

Bröckelmann-Simon: En los 40 o 50 campamentos ilegales situados en torno a Melilla debe de haber aproximadamente de 4000 a 5000 inmigrantes, la mayoría hombres jóvenes, pero también un 20 por ciento de mujeres adultas y chicas jóvenes, en parte con niños, las cuales están especialmente en situación de riesgo y expuestas a la violencia sexual. El porcentaje de menores que viajan solos va en aumento. Actualmente se estima que hay en total unos 40.000 inmigrantes ilegales en Marruecos.

¿De qué países son?

Bröckelmann-Simon: De toda África Occidental, por ejemplo, de Guinea, Mali, Senegal, Costa de Marfil o Nigeria. Algo más del diez por ciento viene de Oriente Próximo. 

¿Piensa alguno en volver a casa considerando las pocas probabilidades de éxito?

Bröckelmann-Simon: Eso no es una opción para la mayoría, en parte debido a la vergüenza y la deshonra que supondría. Muchos de ellos se marcharon llenos de esperanza y apoyados por la familia o todo el pueblo. Regresar sin haberlo conseguido sería profundamente humillante. Si uno va a los campamentos, experimenta la existencia humana en toda su crudeza, unida a una impresionante fuerza interior. Sufrir todas esas carencias y agravios, volverse a levantar una y otra vez; todo esto debería hacernos reflexionar en Europa acerca de nuestra política migratoria. Por muy altos que sean los muros y las vallas, por muy bien vigilados que estén, a largo plazo no podemos hacer nada contra esa fuerza interior que es la esperanza de futuro.

¿Qué alternativa hay a la forma actual de abordar el fenómeno migratorio?

Bröckelmann-Simon: Necesitamos vías legales. Demonizar la migración es erróneo, inútil. Es una constante en la historia de la humanidad. No podemos hacerla desaparecer de este mundo. Por otro lado, ha tenido siempre una función positiva en nuestra historia. La migración es un hecho histórico. Puede dirigirse, pero no puede detenerse. Debemos considerar más seriamente la idea de proporcionar permisos de trabajo temporales, por ejemplo. En los años 70, 80 e incluso los 90, se expedían sin ningún tipo de problema para africanos que venían a trabajar de temporeros a Italia o España. La gente venía y se volvía a ir.

La UE hace todo lo posible para hacer la "fortaleza europea" lo más inexpugnable posible, como usted sugiere. Los responsables políticos pueden partir de la base de que la mayoría de la población aprueba sus decisiones. Misereor recuerda la responsabilidad que Alemania tiene y trata de eludir. ¿Tiene usted alguna idea de qué porcentaje de la población adulta en Alemania siente esa responsabilidad?

Bröckelmann-Simon: No puedo dar cifras concretas. Mi percepción es que nuestra sociedad se ha polarizado cada vez más en los últimos años, desde que hay guerra en Siria. Existe una evidente fractura entre aquellos que comparten mi indignación y aquellos que están de acuerdo con el blindaje de las fronteras. Soy consciente de que la mayoría de los ciudadanos alemanes no pone en duda estas medidas.

Hace ya tiempo que el problema del flujo migratorio de Oriente Próximo y África a Europa ha dejado de tener verdadera relevancia aquí en Alemania. Los responsables políticos confían en que las medidas de cierre de fronteras adoptadas desde 2016 evitarán una nueva ola de refugiados como la que hubo en 2015. ¿Esto es realista?

Bröckelmann-Simon: Refleja cortoplacismo. No funcionará a la larga. Todo muro termina cayendo; esto deberían saberlo bien los alemanes. Como parte de la gran familia humana, no tendremos futuro en Europa si pensamos que los muros no son lo suficientemente altos. No es posible contener para siempre la determinación de los desesperados ni la confianza de aquellos que creen firmemente en un futuro mejor.

¿El estado de calma actual es por tanto una ilusión?

Bröckelmann-Simon: Sí, así es. Esta postura simplemente enmascara partes de la realidad. Y lo que no se ve, no se vuelve por ello menos terrible. Esto no solo vale para Marruecos. La situación en Libia es mucho peor. Los condiciones en las islas griegas son catastróficas, al igual que en los campos de refugiados de Irak o Líbano. Es horrible, pero no lo vemos.

Aquí en Alemania, la mayoría de la gente no quiere saber nada de refugiados porque piensa que probablemente se sentiría o debería sentirse mal si mirase más de cerca. ¿Y a quién le gusta sentirse mal? Esa es la realidad.

Bröckelmann-Simon: Esa es la realidad. Es nuestro gran tema desde que existe Misereor: el amor a aquellos que están lejos. El mundo no termina en la valla de nuestro jardín, hoy día más que nunca. Mantenerse concienciados de ello no es fácil. Durante mucho tiempo pensamos que la guerra era algo que ya no nos concernía. Sin embargo, el conflicto en Oriente Próximo sí que nos ha afectado debido a la cercanía geográfica. Ya nos habíamos dado cuenta de esto durante la Guerra de Bosnia. Uno no puede cerrar la puerta al mundo exterior solo porque nos resulta opresivo y estremecedor. Esta actitud no tiene futuro.

Pero está muy extendida.

Bröckelmann-Simon: Sí.

Y profundamente arraigada. Mantener nuestro bienestar y nuestra tranquilidad nos resulta más importante que el sufrimiento de los refugiados. Lo que les pase a ellos nos es indiferente.

Bröckelmann-Simon: Bueno, yo no diría eso. Veo a muchas personas comprometidas, que dan la bienvenida a los refugiados y se ocupan de ellos sin caer en la ingenuidad, sin ignorar los problemas de integración. Nadie dice que sea fácil. No obstante, la otra opción, consistente en defendernos con todo lo que tenemos y de cualquier manera para proteger nuestro bienestar y estilo de vida en detrimento de los desfavorecidos, es aún más problemática. Implicaría, en última instancia, estar dispuesto incluso a usar la fuerza.

¿Y quién quiere eso? No obstante, la realidad es que la mayoría de la gente aquí en Alemania prefiere quitarse de encima el problema de los refugiados. Como representante de Misereor, usted no puede permitirse decir algo así.

Bröckelmann-Simon: Mi tarea es decir: esta es la realidad, tomad conciencia de ella.

La mayoría de la gente, sin embargo, no se da por enterada.

Bröckelmann-Simon: Yo no puedo forzar a nadie a hacerlo, pero intento aprovechar todas las oportunidades que tengo para hablar sobre ello y dar otro punto de vista de las cosas. Espero que al menos afrontemos las consecuencias de nuestras acciones: en las fronteras de la fortaleza europea se está padeciendo un gran sufrimiento, y este no desaparecerá de un día a otro.

Sí, pero quizá no tengo que mirar la realidad tan de cerca si dono a Misereor 200 euros al año y así me libro de tener que hacer algo más respecto al sufrimiento de los refugiados. Y además no tengo mala conciencia.

Bröckelmann-Simon: Eso no funciona, créame. Lo que nosotros hacemos no pretende evitar la migración. Las acciones de cooperación al desarrollo que llevamos a cabo van destinadas a ayudar a la gente a llevar una vida digna y libre allí donde viven. En este sentido, con el aumento de la autoconciencia, la mejora de las condiciones económicas y el fomento de una educación de más calidad, se amplían los horizontes. Entre las personas susceptibles de mejorar sus expectativas de esta manera, habrá siempre algunas que decidirán partir hacia algún otro lugar, pero no necesariamente hacia Europa. Eso es una ilusión, no es verdad. ¿Qué significan los 40.000 inmigrantes ilegales de Marruecos en comparación con el número total de habitantes de la UE?

La objeción inmediata que podría hacérsele es que eso no quedaría ahí. Si los dejásemos entrar, se produciría un efecto llamada que atraería a más inmigrantes a Europa.

Bröckelmann-Simon: ¡Otro espantajo! La migración tiene lugar sobre todo a nivel regional, dentro de África. La mayoría de los inmigrantes prefiere establecerse en zonas con afinidades culturales y lingüísticas.

Sí, pero eso no evita el flujo migratorio de refugiados a Europa. Usted ha descrito la miseria que sufren los inmigrantes y pide que no miremos hacia otro lado. Pero esto no parece dar resultado. Y es que el problema principal sigue siendo que, aquí en Alemania, ustedes no han llegado muy lejos con ese cambio de mentalidad que reivindican y que forma parte de la visión de Misereor.

Bröckelmann-Simon: La fragmentación de nuestra sociedad es cada vez más evidente. Mi impresión es que la llegada de los refugiados ha hecho que se amplíen nuestros horizontes. Recibimos cada vez más solicitudes de información sobre las causas de la migración de escuelas, parroquias o grupos comprometidos. Hay mucha discusión al respecto en las iglesias. El papá ha formulado muy claramente el desafío ético que supone para nosotros, los cristianos.

Pero el papa Francisco no tiene capacidad de incidencia política.

Bröckelmann-Simon: Pues no lo sé. Eso es una cuestión de mayorías.

Precisamente.

Bröckelmann-Simon: Bueno, de momento no contamos con la mayoría, pero esto puede cambiar.

¿Es usted realmente tan optimista?

Bröckelmann-Simon: Soy un optimista incorregible. Misereor es "esperanza institucionalizada".

¿Y qué le da tanta esperanza? El papa Francisco recibió numerosos elogios –de todas las partes, de todos los países– por su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, por su idea de una "Iglesia pobre para los pobres" y por su encíclica Laudato si'. Y eso fue todo.

Bröckelmann-Simon: Yo no diría eso. ¿Cómo se desarrolla la política? Es algo que lleva tiempo. Necesitamos pensar a largo plazo. Percibo que una parte cada vez mayor de la población se plantea este desafío ético y moral. ¿Cómo queremos vivir? Esa es la cuestión. Aunque vivamos en tiempos socialmente difíciles, pienso que se está articulando un debate al respecto. Estas reflexiones sociales son complejas pero urgentes; hace ya demasiado tiempo que tratamos de evitarlas.

A mucha gente le gustaría tener su confianza. ¿Es parte de su trabajo?

Bröckelmann-Simon (ríe): Es mi forma de ser. Es la forma de ser de Misereor. A menudo me encuentro con gente que nunca se rinde, personas que afrontan situaciones realmente miserables y que están atrapadas en conflictos violentos, pero que nunca pierden el coraje a pesar de encontrarse en una posición minoritaria, sin esperanza aparente. Estas personas son un ejemplo para nosotros. Los cambios solo se logran con perseverancia.

¿Eso supone una motivación para usted?

Bröckelmann-Simon: No debemos perder la capacidad de conmovernos. Nos estamos volviendo insensibles. Nos estamos acostumbrando a las horribles imágenes que nos llegan. Los acontecimientos que hacían que nos movilizásemos hace cinco años se han convertido ahora en mera rutina. Corremos el peligro de que las imágenes que nos llegan de Siria pasen a formar parte de la normalidad cuando en realidad no tienen nada de normal. Eso no es tolerable, no es correcto. No debemos aceptar simplemente lo que sucede.

Mientras más lejos estén los lugares donde se mata brutalmente a niños, menos nos conmueve su destino.

Bröckelmann-Simon: A las personas que viven en países lejanos las vemos como extrañas; por esta razón, no nos identificamos tanto con ellas como con las víctimas que viven cerca de nosotros. No obstante, el problema es el efecto de habituación. Cuanto más nos topemos con la violencia, más normal la consideraremos. Mientras más a menudo se exprese el racismo, más lo aceptaremos como algo normal. Esto constituye un peligro. El racismo no es aceptable, independientemente de con qué frecuencia se manifieste y de cuánta gente lo manifieste. No es compatible con la Declaración Universal de los Derechos Humanos ni con el Evangelio. Un cristiano no puede ser racista ni nacionalista. Sencillamente no es posible. ¡Tengamos cuidado con la habituación!